Mi propia historia

Del cero al podio… y la trampa del ego.

Cuando me senté en aquella primera mesa de torneo no recordaba mucho de todo lo que hace unos años estudiaba, rangos, posiciones, estructuras o dinámicas en vivo.
Mi experiencia previa venía del póker online y de partidas callejeras, rentables sí… pero muy alejadas del juego real y técnico de hoy. El póker de hace casi 30 años no tiene nada que ver con el actual.

Ese primer día me pelaron rápido. Me lo tomé con calma. Pero unas semanas después volví al mismo casino, jugué un torneo de un solo día… y quedé 3.º.

Obviamente, me vine arriba. Había leído, repasado conceptos, estudiado situaciones y recuperado sensaciones. Pero también entendí algo muy importante: el póker a veces te engaña. Te deja ganar justo lo suficiente para que te creas invencible. Y eso, en el fondo, es una trampa que te hace vulnerable.

Por suerte, vengo del deporte de élite. Y allí aprendí una lección que también aplica en las mesas: ni eres tan malo cuando pierdes, ni tan bueno cuando ganas.

Después de ese resultado, seguí entrenando, revisando manos, ajustando errores y poniendo los pies en el suelo. Porque si algo tengo claro es que en este juego, como en el deporte, la constancia y el pensamiento crítico son más valiosos que cualquier racha.

El póker te pone a prueba a cada paso. Pero si sabes quién eres, y por qué estás ahí, es mucho más difícil perder el rumbo.


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